El robo de los 300 millones de yenes

A principios de diciembre de 1968, la sucursal de Kokubunji del banco Nihon Shintaku Ginko empezó a recibir cartas anónimas en las que se amenazaba con hacer saltar por los aires la casa del gerente de la mencionada sucursal si, a cambio, no se pagaban 300 millones de yenes. La policía registró la casa profundamente pero no se encontró ningún tipo de explosivo ni nada parecido. Tampoco ocurrió nada fuera de lo normal durante los días siguientes.

La mañana del 10 de diciembre, un vehículo custodiado por 4 trabajadores sale de la sucursal de Kokubunji dirección a la ciudad de Fuchû (Tokyo) con 294.307.500 yenes destinados a pagar la extraordinaria de diciembre de los trabajadores de la fábrica Tokyo Shibaura Denki (Toshiba Electronics). Cuando el coche se adentró en la calle Gakuen, situada en la parte posterior de la cárcel de Fuchû, un policía motorizado les dio el alto. Los custodios se preguntaron que estaba ocurriendo y el agente les explicó que la casa del gerente de la sucursal bancaria acababa de explotar y que tenía órdenes de registrar el vehículo, pues había sospechas de que también podía contener explosivos.

 

 

Los ocupantes, que estaban al corriente de las cartas de amenaza recibidas pocos días antes, bajaron del coche. Seguidamente el policía se metió debajo del vehículo haciendo ver que registraba los bajos y al cabo de poco rato empezaron a salir humo y llamas de debajo del vehículo. El agente emergió con una bengala en la mano gritando a los trabajadores del banco que huyeran de allí, que eso era dinamita y que estaba a punto de estallar. Tan pronto como los vigilantes se alejaron del coche, el policía se subió al asiento del conductor y salió disparado con el dinero del maletero.

El robo de los 300 millones de yenes (三億円事件 “san oku en jiken”) es uno de los casos más famosos de Japón, y no es para menos: 1 solo hombre, 3 minutos, 0 muertos y casi 300 millones de yenes (equivalente a unos 435 millones de euros a día de hoy) que actualmente aún no se han localizado ni nadie ha sido capaz de resolver el caso ni encontrar a los responsables.

 

 

Los medios utilizados para llevar a cabo la investigación del robo fueron desorbitados: más de 170.000 agentes fueron movilizados durante el tiempo que duró la operación. En primer término se registró el lugar de los hechos donde se encontraron más de 120 evidencias que confirmaban el suceso: entre ellas la bengala que utilizó el policía, una lona que habría utilizado para ocultar la motocicleta y otros objetos varios como una gorra de caza o un impermeable. Sin embargo, se cree que el autor del robo dejó muchas pruebas falsas para despistar a la policía y entorpecer la investigación.

Otro escenario de los hechos fue la antigua pagoda de 7 pisos donde se encontró el coche de los trabajadores del banco abandonado por el ladrón. Se cree que allí sacó el dinero del maletero y lo metió en otro vehículo para huir.

El último de los escenarios del crimen fue un descampado cercano al Centro Educativo Meisei donde se encontró la motocicleta Yamaha pintada de blanco y que utilizó el ladrón disfrazado de policía.

 

 

La policía empezó a ver sospechosos por todos lados, incluso dentro del propio cuerpo policial. Aquí encontramos el caso del hijo de 19 años de un oficial de la policía al que acusaron de ser el perpetrador del crimen. 5 días después el chico se suicidó ingiriendo cianuro potásico. A pesar de ser el principal sospechoso e incluso que el joven no tenía ningún tipo de coartada que lo exculpase, las investigaciones posteriores demostraron su inocencia.

El 21 de diciembre se distribuyeron 780.000 retratos robot del ladrón por todo el país, y aparecieron alrededor de 118.000 nombres de sospechosos que coincidían con su descripción. Todos estos sospechosos fueron investigados de manera tan intensa que sus vidas dieron un vuelco radical. Si sumamos todas estos hostigamientos a lo que le pasó al hijo del oficial de policía, no se puede afirmar de manera rotunda que un hubiese verdaderas víctimas en este robo.

Hay que destacar que, todo y la gran cantidad de billetes que fueron robados, el banco solo conocía el número de serie de los billetes de 500 yenes que, por cierto, a día de hoy aún no ha aparecido ninguno. También remarcar que en esa época, el billete más grande que estaba en circulación era el de 10.000 yenes.

Para terminar, decir que con la enorme cantidad de agentes que se emplearon en el caso y la inmensa suma de dinero que costó todo este despliegue policial, nunca se detuvo al culpable del robo que más ha hecho hablar a la sociedad japonesa. El 10 de diciembre de 1975 el caso prescribió al haber pasado 7 años desde que el robo fue perpetrado, convirtiéndose en el crimen no resuelto más importante de la Era Shôwa (1926-1989).

Como suele pasar con este tipo de sucesos, se creó toda una cultura pop de admiración y empezaron a circular versiones y leyendas urbanas sobre el robo. También se originó toda una industria económica alrededor en forma de películas cinematográficas que llevaron el robo a la gran pantalla. Aparecen novelas, manga, anime… Se utiliza como referencia en videojuegos y obras teatrales… A día de hoy el caso del robo de los 300 millones de yenes forma parte de la cultura popular de todos los japoneses y no encontraréis ningún nativo del archipiélago nipón que desconozca esta historia.

 

 


Albert Solé Jerez