Los terribles y surrealistas hechos de Érfurt

 

Ha habido muertes ridículas a lo largo de la historia. Incluso podemos encontrar muertes deshonrosas dignas de ser olvidadas. Pero no encontraremos ninguna que sea tan ridícula y tan deshonrosa a la vez, e incluso tan masiva, como la que tuvo lugar en los hechos de la catedral de Érfurt.

El rey Enrique VI (1165 – 1197) y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (también conocido como Primer Reich) fue hijo de Federico I Barbarroja. Su padre, incansable organizador de cruzadas y campañas bélicas varias, dejó en manos de Enrique los tejemanejes de la corte alemana desde muy temprana edad. De hecho, Enrique estaba acostumbrado a viajar al lado de su padre en sus constantes refriegas, pues esto formaba parte de la educación para su futuro como regente. De esta manera, en 1176 participó en la campaña contra la liga lombarda y, más tarde, en la batalla contra la rebelión de Enrique el León.

 

 

Unos años más tarde, Enrique VI se dirigía hacia Polonia, encabezando una nueva cruzada, cuando hizo un alto en la catedral de Érfurt, capital de Turingia, lugar en el que instaló su corte. El motivo de esa parada en el camino fue para mediar en un conflicto que mantenían, por una parte, el duque Luis III (primo del propio Enrique VI), y por el otro bando, Conrado de Wittelsbach, arzobispo de Maguncia. La enemistad de ambos personajes se origina con el derrocamiento de Enrique el León, su posterior desposesión de títulos nobiliarios y el consecuente destierro.

 

 

La asamblea fue convocada el 26 de julio de 1184 en una de las salas del segundo piso de la catedral de Érfurt. Debido a la importancia de los efectos del desenlace de esta en términos económicos, territoriales, sociales y de prestigio, muchos fueron los asistentes que acudieron a participar, o simplemente a escuchar, en el desarrollo de las conversaciones. El cúmulo de gente hizo que el viejo, y seguramente podrido, suelo del segundo piso de la catedral se derrumbase bajo los pies de los asistentes que se precipitaron contra el suelo del primer piso. El impacto de los cuerpos y posterior caída de vigas y cascotes hizo que el primer piso también cediera, arrojando a las pobres almas, en su espontáneo viaje exprés de arriba hacia abajo, a las entrañas de la fosa séptica de la basílica, que acumulaba los desechos de las letrinas y de los “aborterkers”.

 

 

Muchos fueron los que murieron del primer impacto contra el suelo o por aplastamiento al caerles las vigas del techo descompuesto encima, pero fueron muchos otros los que murieron ahogados en aguas fecales tragando vete tú a saber el qué. Las crónicas de la época hablan de alrededor de 60 fallecidos, entre ellos personajes de la jet set de la época como el conde Gozmar III de Ziegenhain, el conde Fridrich I de Abenberg, el conde Fridrich I de Kirchberg, el conde Heinrich de Schwarzburg y un largo etcétera de poderosillos del momento. El rey Enrique VI se salvó por la suerte de que su asiento en la reunión estaba sobre una zona del suelo hecha de piedra y no cedió, aunque su persona quedó en el mismísimo borde del abismo fecal y tubo el reflejo de agarrarse al marco de una ventana para evitar ser tragado por un pozo ciego.

Para los presentes que seguían en pie en el segundo piso de la catedral, la escena les debió parecer de lo más dantesca, un descenso instantáneo, cuestión de segundos, al mismísimo infierno. Superada la impresión inicial y los minutos de dar vueltas sobre sí mismos con las manos en la cabeza profiriendo lamentos y murmullos de toda clase, los asistentes consiguieron rescatar al rey utilizando una escalera.

 

 

Una vez superado el susto, el rey prosiguió su camino hacia Polonia. La catedral fue reparada y sus suelos reforzados. De los cadáveres no se sabe nada, supongo que no debieron dejarlos ahí aunque no me extrañaría. Sea como sea, los hechos ocurridos en la catedral de Érfurt son dignos de ser recordados, sobre todo cuando estéis con el agua al cuello o creáis que estáis teniendo un mal día.


Albert Solé Jerez
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