El Gran Incendio Meireki

 

Las catástrofes naturales  siempre han arrasado el archipiélago nipón, ya sea en forma de devastadores terremotos, horribles tifones  demoledores tsunamis. Esto ha propiciado que los japoneses se hayan acostumbrado a reconstruir y a reinventarse una y otra vez. Con el paso de los siglos han desarrollado una capacidad asombrosa para levantarse de sus propias cenizas y crecer todavía con más fuerza y determinación. Esto fue lo que ocurrió con la resurrección del Japón vencido, arrasado y humillado después de la gran derrota en la II Guerra Mundial, habiendo sido utilizado, también, como laboratorio de pruebas con la detonación de las dos bombas nucleares y su posterior ocupación militar americana y rusa y sus consecuentes intentos de anular su cultura. La sorpresa de todo el mundo fue mayúscula cuando observaron que, una vez firmado el Tratado de San Francisco, en tan solo 20 años el país se levantaba nuevamente amenazante para acabar convirtiéndose, en poco tiempo después, en una gran potencia mundial a nivel económico y tecnológico.

De todas maneras quisiera retroceder mucho más en el tiempo, exactamente al 2 de marzo de 1657. En esa época Kyoto seguía siendo la capital del país representada por la residencia oficial del emperador, pero en Edo (actual Tokyo) se concentra el poder político representado por su cabecilla militar, el shogun. Este poder militar fue acaparado durante muchos años por el clan de los Tokugawa y fue el principal responsable del aislamiento del país durante más de dos siglos, condenándolo a prolongar su Edad Media mientras el resto del mundo renacía de la oscuridad de esa época de poderes absolutos y falta de ciencia.

 

 

Ese 2 de marzo de 1657 soplaba un fuerte viento desde el noreste en Edo, y un pequeño incendio que se originó el en distrito de Hongô se diseminó rápidamente. En esa época Edo ya contaba con un cuerpo de bomberos, el llamado Hikeshi (literalmente, extinción del fuego). Pero este cuerpo de extinción no tenía la experiencia suficiente para hacer frente a una situación en la que el fuego avanzaba con tanta velocidad. Por no tener, no tenían ni el equipo necesario, ni el personal ni los elementos necesarios para extinguir un incendio que se les escapaba de las manos.

Al segundo día de incendio el viento cambió repentinamente de dirección. Esto comportó que el fuego que se había desplazado durante el primer día hacia el sur i que quedó parado por la orilla del rio, volvieron a avanzar en dirección al centro de la ciudad amenazando seriamente el castillo del shogun. Aunque el Castillo de Edo se salvó del incendio, todas las casas de su alrededor donde se alojaban los vasallos y los diferentes sirvientes que trabajaban en la corte militar quedaron totalmente carbonizadas.

 

 

Al tercer día el viento amainó y se consiguió apagar el fuego pero debido a la densidad del humo producido durante tres días y el calor que desprendían las casas tuvieron que esperar todavía 3 días más para poder empezar con los trabajo de retirada de cadáveres, desescombro y reconstrucción de la ciudad. Los cuerpos de los perecidos en el incendio se transportaron a Honjô, una comunidad que se encontraba a las afueras de la gran ciudad. Se contabilizaron más de 100.000 víctimas mortales. Allí se excavaron fosas que se llenaron con los restos de los difuntos y se quemaron. El Eko-in (Salón de adoración de los muertos) se construyó en ese mismo lugar.

La reconstrucción de la ciudad duró dos años y se realizó bajo las órdenes de Matsudaira Nobutsuna. Nobutsuna fue un rôju, uno de los cargos más altos del gobierno japonés durante el shogunato, que destacó por su inteligencia, capacidad de visión global i análisis de las situaciones. La nueva ciudad se proyectó con las calles más anchas reorganizando completamente los distintos distritos. Se tuvo una especial consideración durante la reforma hacia el centro mercantil de Edo.

El Gran Incendio Meireki, como así se conoce este desastre pues tuvo lugar en el tercer año de la Era Meireki, está considerado como una de las grandes catástrofes de Japón, al mismo nivel que el Gran Terremoto de Kantô o los bombardeos de Tokyo durante la II Guerra Mundial. El incendio se conoce también bajo el nombre de Furisode debido a una leyenda que surgió con el paso de los años con la intención de explicar tan devastadora desgracia.

 

 

Un furisode es una pieza de ropa tradicional, se trata de una especie de kimono con las mangas especialmente anchas. Explica la leyenda que Enshu Hikoyaemon era un avaro prestamista, pero todo lo que tenia de cruel y despiadado con sus deudores también lo tenia de generoso y bondadoso con su hija de 16 años, O-Same. Un día, la joven fue al templo de Hommyoji, que se encontraba en Hongô, a presentar los respetos a sus antepasados. Allí vio a un joven monje del cual se enamoró al primer vistazo. Cuando llegó a casa se encerró en su habitación durante días hasta que su preocupado padre consiguió sonsacarle el motivo de su tristeza. Desesperado, el padre fue en búsqueda del monje para proponerle la mano de su hija, pero este era el monje más devoto de la religión budista i declinó la oferta. Vencido, el padre volvió  casa a explicarle la situación a su hija.

Con el corazón roto, la joven pasaba sus días llorando encerrada en la habitación y su padre decidió regalarle un lujoso vestido con la intención de animarla. La chica se lo probó para contentar a su padre pero volvió a quitárselo y se encerró de nuevo en su habitación. Dos días más tarde la joven murió de tristeza.

 

 

Hikoyaemon donó el vestido al templo como ofrenda para que los monjes recitaran las oraciones necesarias para el reposo del alma de O-Same. Con el paso de las semanas, el monje superior, que no era un buen hombre, decidió vender el maravilloso vestido para recaudar dinero para el templo. Fue adquirido por un rico mercader que también tenía una hija joven. Al cabo de un año, el mercader enterró a su hija el mismo día que, un año antes, había muerto O-Same. El mercader también donó el vestido como pago por las oraciones de los monjes por el alma de su hija.

El superior vio un negocio redondo en todo esto pues el vestido había vuelto a sus manos pudiendo revenderlo para recaudar más dinero para sus propósitos. Así lo hizo, pero ya nos podemos imaginar los sentimientos y rumores que despertaron entre la comunidad religiosa cuando al cabo de un año, justo el mismo día que enterraron a O-Same i a la otra joven, los monjes enterraban a otra joven de la misma edad que las otras dos.

Viendo el mal encarnado en aquel furisode, los monjes realizaron un ritual de purificación y con la intención de calmar el espíritu de O-Same, depositaron el kimono sobre una piedra tallada en forma de loto y lo quemaron. Tan pronto como las llamas tocaron la ropa el viento se levantó provocando que las llamas se apoderaran rápidamente del vestido. Entonces el viento tomó gran fuerza y una manga del furisode se desprendió y se elevó quedando atrapada entre dos vigas del templo. En pocos minutos el templo fue consumido por las llamas mientras que el fuego fue avanzando por el resto de la ciudad durante tres interminables días. El resto de la historia ya la conocéis.

 


Albert Solé Jerez
www.japaniums.blogspot.com