“La cantina de medianoche”, el manga de Yaro Abe

 

El local abre desde las doce de la noche hasta las siete de la mañana. Lo conocen como “La cantina de medianoche”. ¿Qué si tengo clientes? Pues sí, entra bastante gente. La carta de la taberna es escueta, un plato combinado y una pequeña lista de bebidas alcohólicas. Pero la gente pide lo que quiera, y si se puede hacer, lo preparo con mucho gusto. Esa es la política de la casa.

En 2019 Astiberri Ediciones lanzó el primer volumen de “La cantina de medianoche” (Shinya Shokudo), un manga de Yaro Abe que se ha convertido un todo un éxito de ventas en Japón y del cual ya se han realizado dos versiones cinematográficas bajo el título internacional de “Midnight diner: Tokyo stories” distribuidas por la plataforma Netflix. La edición de Astiberri está compuesta por volúmenes dobles, de unas 300 páginas, encuadernados en rústica con solapas en un tamaño de 21 x 15. El esmero y cuidado que se ha puesto en la publicación rozan la excelencia, igual que la magnífica traducción de Alberto Sakai. A fecha de hoy, ya se han publicado 3 volúmenes de “La cantina de medianoche”.

 

 

Shinjuku es el barrio más cosmopolita de Tokyo. Las calles abarrotadas de neones se codean con los grandes rascacielos. Tiendas de tecnología, karaokes, restaurantes, bares y locales de copas atiborran los bajos (y altos) de los edificios. Es en una callejuela de este animado ambiente que se encuentra la “izakaya” (taberna tradicional japonesa) que regenta nuestro protagonista. Él nos narrará las historias de sus parroquianos, habituales o espontáneos, que siempre van ligadas a algún plato de la gastronomía popular japonesa. La nula información que el autor nos ofrece sobre el propietario de “La cantina de medianoche” hace que el personaje sea todavía más atractivo: pelo blanco corto, bigote fino, una cicatriz que le cruza la cara y el eterno pitillo entre los dedos. Este personaje se mueve como pez en el agua entre su dispar clientela: yakuzas, marineros, strippers, maestros en el arte de “rakugo” (monólogos humorísticos), mujeres de compañía, boxeadores, delincuentes de todo tipo, videntes, actores de telenovelas, transexuales, dueños de bares de ambiente, cowboys de medianoche, músicos ambulantes y un más que largo etcétera de personajes surgidos de los ambientes nocturnos más decadentes.

 

 

El misterio que rodea al dueño de la “izakaya”, del que no sabemos ni siquiera el nombre, tan solo que “da miedo, pero es buena persona”, contrasta con todas las historias que nos cuenta de cada uno de los clientes que entran en el local. Por lo general, y pese a su dudosa moralidad, son personas que sufren la soledad de la gran ciudad. Almas errantes en un mundo masificado donde no acaban de encontrar su lugar y que acuden a la cantina para desahogar sus penas, encontrar a alguien que escuche las anécdotas de ese día o, simplemente, encontrar compañía conocida y comer algo junto con la única familia que conocen. “La cantina de medianoche” se ha convertido, a la vez, en confesionario y en purgatorio, en mentidero y en despacho de consejos, pero por encima de todo esto, en un pequeño rincón donde los atormentados feligreses de la bohemia tokiota se reencuentran con lo que les hace humanos: los sentimientos.

Como he mencionado, cada historia arranca con un cliente pidiendo un plato de comida cuya presentación, ingredientes o aromas desatan los recuerdos y vivencias de los diferentes protagonistas. Aprenderemos porque Tat-chan, un duro “yakuza”, se pirra por las salchichas fritas con forma de pulpo; porque el “kazunoko” (huevas de arenque) representan la buena cosecha y la fertilidad en la tradicional comida de año nuevo;  que son los helados Garigari-kun, las propiedades anti-calvicie del alga nori, cuál es la mejor manera de comerse una paparda, porque unos simples aros de cebolla fritos pueden ser un gran manjar, que las recetas occidentales como los espaguetis o la ternera Strogonoff también triunfan entre los japoneses o, incluso, las múltiples formas de preparar el cerdo con jengibre.

 

 

“La cantina de medianoche” está formada por pequeños capítulos independientes de entre 8 y 12 páginas cada uno que se pueden leer de forma autónoma y sin necesidad de seguir un orden concreto. Historias como la ya mencionada de Tat-chan se cruzan con la del maestro de shôgi (ajedrez japonés) que alecciona a su alumno; la de Tanaka, actor porno que debuta gracias a la protección de Erecto-Oki, una leyenda del género; los esfuerzos de Mayumi por perder peso; el resentimiento hacia los hombres de las solteronas conocidas con el apodo de las “Ochazuke (arroz con té) Sisters” o la nostalgia de un médico hacia sus años de bailarín con los “Takenoko-zoku” en una época en que los domingos se cortaba al tráfico la principal avenida de Harajuku y se llenaba de grupos de baile que competían entre ellos.

“La cantina de medianoche” es una obra que desborda humanismo y analiza al dedillo los sentimientos, ansias y anhelos humanos. El dibujo sencillo, pero tremendamente afectivo ayuda a retratar las situaciones con una delicadeza visual inusitada. Las viñetas plasman escenas amables que se contraponen a unas historias personales muchas veces duras, pero siempre dejando espacio para el humor. El ritmo de los capítulos es rápido y cuenta con un texto conciso, sin florituras, lo que facilita su lectura y disfrute. Yaro Abe no ha querido ofrecernos un serial lacrimógeno (aunque a veces nos arranque más de una sonrisa amarga) sino mostrarnos el camino que sus personajes han recorrido para llegar a convertirse en lo que son. Al fin y al cabo eso es lo más interesante de cualquier historia, el camino andado.

 

 


Albert Solé Jerez
www.japaniums.blogspot.com