El oro nazi de la estación de Canfranc

 

En 1928 el rey Alfonso XIII inauguró la estación internacional de Canfranc, que unía España y Francia a través del túnel ferroviario de Somport. El impresionante edificio de estilo modernista cuenta con una fachada de 240 metros de longitud, 75 puertas y 365 enormes ventanas. La estación estaba dividida en dos partes: una pertenecía a territorio francés y la otra a territorio español, con un hall de entrada mixto. La estación también albergaba la aduana fronteriza, una comisaría, una oficina de correos y un hotel internacional. Sus raíles tenían el ancho español en un lado y el europeo en el otro. Todo este festín arquitectónico y estructural convirtieron Canfranc en una importante zona de tráfico ferroviario de pasajeros y mercancías, pero todo este lujo vestido de mármol blanco esconde un negro pasado.

Estalla la Guerra Civil Española y tan pronto como el ejército nacional toma la zona pirenaica de Huesca, lo primero que hace es tapiar el túnel de Somport para impedir cualquier incursión directa de los franceses a España. Terminada la guerra española, Europa entra de cabeza en el conflicto bélico de la II Guerra Mundial, quedando España en una posición neutral bastante particular mientras se lamía las heridas causadas en todo el territorio por el enfrentamiento entre nacionales y republicanos. Empobrecida y endeudada, España tenía que pagar los favores que Alemania le prestó durante el conflicto ibérico con su “Legión Cóndor”, concretamente 378 millones de marcos. Para realizar este pago y devolver la ayuda prestada en su momento, España enviaba trenes cargados de hierro y wolframio extraído de las minas gallegas que serviría para reforzar el acero de los tanques y otro armamento nazi.

 

Inauguración de la estación internacional de Canfranc con la asistencia de Alfonso XIII, Primo de Rivera y Gaston Doumergue.

 

La estación de Canfranc pasó a estar controlada por un grupo de oficiales de la SS y varios miembros de la Gestapo que se alojaron en el propio hotel de la estación y en otro que había en el pueblo. La presencia nazi en este pequeño territorio fronterizo español fue bastante particular ya que los alemanes no ocuparon el territorio español en ningún otro punto de la frontera con Francia como Irun o Portbou, y eso se debe a la existencia de la estación internacional de Canfranc y a su doble jurisdicción. Por la estación no sólo circulaba el hierro y el wolframio en dirección a Alemania, sino que también llegaban toneladas de oro que los nazis robaron a los judíos, proveniente sobretodo de Bélgica y Holanda. Este oro, que circuló entre julio de 1942 y diciembre de 1943, iba dirección a Portugal y de ahí hacia Sudamérica por vía naval. Se tiene constancia de que llegaron a pasar unas 86 toneladas de oro nazi por la estación de Canfranc, y de éstas, 12 se quedaron en territorio español.

Durante la gestión nazi de la estación de Canfranc,  la zona quedó impermeabilizada y se necesitaba un salvoconducto para poder entrar y salir de la región. Cualquier habitante que no estuviera registrado a partir del 18 de julio de 1936 debía presentarse en la comisaría para hacer una relación de las personas con las que vivía en la casa, aportar el aval de dos personas y un certificado de la empresa. En caso contrario sería devuelto a su origen según registro. Esta falta de libertad de movimientos no impidió, sin embargo, la creación de una red de espionaje totalmente clandestina y formada por los propios habitantes de la zona. Mientras los hombres trabajaban en la estación a las órdenes del cuerpo de carabineros y de los militares alemanes cargando y trasladando las mercancías de los trenes, las mujeres y los niños se dedicaban a ayudar a los judíos que conseguían escapar de la ocupación y que se podían pagar un pasaporte falso para pasar la frontera de Francia con España y poder refugiarse. La red clandestina ligada a la estación también ayudó a escapar de la invasión nazi a miembros de la resistencia francesa y a espías del bando aliado.

 

A la izquierda estación en pleno rendimiento. A la derecha obras de construcción del túnel de Somport.

 

Si un nombre destaca por encima de los demás en esta red clandestina es, sin ninguna duda, el de Albert Le Lay. Conocido como “el rey de Canfranc”, Le Lay forma parte de la resistencia francesa.  Llega a Canfranc en 1940 y ocupa el puesto de jefe de aduanas. Le Lay arriesgó su vida para ayudar en su huida del régimen de Hitler a miles de refugiados. También ayudó a los propios habitantes de la zona de Canfranc escamoteando víveres en una época en la que éstos escaseaban, sobretodo en invierno y fue el organizador de la red de espionaje que ya hemos comentado anteriormente y que permitió el paso de información valiosísima para el bando aliado, hizo llegar maquinaria como el primer radiotransmisor que la resistencia utilizó para sus comunicaciones con Londres, traficó con financiación económica como la primera maleta con 25 millones de francos para sufragar los gastos de la resistencia y escondió una numerosa cantidad de espías.

Poniendo en peligro su integridad personal, Le Lay llevaba un registro de la gente a la que ayudó a salvaguardar la vida, pues iba anotando en un libro las donaciones que estos refugiados hacían y que tenían como destino una escuela que él mismo fundó para la comunidad francesa de Canfranc. Estos refugiados eran acogidos en el comedor de la estación donde se les daba de comer, se les facilitaba los visados necesarios  y después eran escondidos en pequeños compartimentos dentro de los trenes para proseguir su viaje hacia la libertad. También consiguió hacer pasar muchos mensajes y correos de España a Francia que el propio Le Lay iba a recoger en la consulta de un médico miembro, también, de la resistencia. No era extraño ver a Le Lay, siempre vestido de forma elegante, salir de la estación de Canfranc caminando con su ligera cojera característica y con los bolsillos de su chaquetón llenos de latas de sardinas, azúcar, frutas, café o mistela que luego repartía entre los habitantes del pueblo.

 

A la izquierda soldados alemanes en Canfranc. A la derecha vista de la estación.

 

Como era de esperar, Le Lay acabó siendo descubierto y protagonizó una desesperada y rocambolesca huida. En septiembre de 1943 llegan noticias desde Oloron de que la Gestapo se dirigía a Canfranc a arrestar a Le Lay. Éste tomó la misma fórmula que había practicado con los judíos y miembros de la resistencia francesa que ya había ayudado anteriormente: se escondió junto a su esposa y uno de sus hijos en un tren y viajó dirección a Madrid. Allí entró en contacto con la embajada del Reino Unido que le ayudó a llegar a Argel, donde residía el gobierno de la Francia Libre encabezado por De Gaulle.

Terminada la II Guerra Mundial, Le Lay recibió grandes ofertas para ocupar un puesto destacado en el nuevo gobierno francés, pero éste las rechazó todas exigiendo seguir permaneciendo en el anonimato. Pidió recuperar su puesto de jefe de aduanas en Canfranc, y allí se mantuvo hasta 1957, año en el que fue trasladado a Bayona. Le Lay tenía un sentimiento de deuda con los habitantes de Canfranc ya que, igual que él mismo hizo, arriesgaron su propia vida para ayudar a tirar adelante la red de espionaje clandestina que él organizó. Finalmente Le Lay moriría en San Juan de Luz en 1988 manteniendo su anonimato.

 

A la derecha Armand Lili, Ángel Sanz-Briz, Albert Le Lay y Robert Lamit. Copyright Mira Editores. A la izquierda Albert Le Lay.

 

El 27 de marzo de 1970, 42 años después de la inauguración de la estación, un tren de mercancías descarrila en el lado francés provocando el derrumbe del puente de l’Estanguet. Este suceso hizo que se cortara el tráfico ferroviario por la zona y la paralización del paso fronterizo de Somport. Este fue el fin abrupto de la funcionalidad de la estación de Canfranc. Finalmente RENFE acabó abandonándola a su suerte.

A partir de este momento la estación internacional de Canfranc sufrió todo tipo de vandalismo y expolio. Las leyendas urbanas que corrían gracias al boca a boca y que debieron tener su origen entre los propios habitantes de Canfranc que en su tiempo trabajaron en la estación, decían que los propios alemanes escondieron grandes cantidades de oro en la estación. Los destrozos causados por los cazadores de tesoros fueron innumerables y, con la connivencia de RENFE, quedaban sin castigo.

 

Accidente en el puente de l’Estanguet.

 

Fue en octubre del año 2000, cuando se estaba utilizando la estación como plató para un anuncio de lotería de navidad, que Jonathan Díaz, francés hijo de emigrantes españoles, conductor de autobús y guía turístico que llevaba grupos a visitar la estación, decidió adentrarse, una vez más, en sus entrañas a curiosear. Mientras unos estaban rodando sus escenas, Díaz encontró tirados en el suelo de las vías unos papeles. Observándolos detenidamente se dio cuenta de que eran los registros de mercancías que pasaron por la estación y en ellos estaba indicado el tránsito de lingotes de oro. Díaz se dio cuenta que esos documentos eran una prueba palpable que confirmaba las historias que los ancianos de Canfranc no paraban de contarle. Al día siguiente volvió a la estación y recogió todos los papeles para meterlos en una bolsa de plástico y protegerlos de la humedad. Finalmente, cuando pudo volver a su casa, los restauró. Viajó a Zaragoza con la intención de pedir información y ayuda sobre esos documentos pero sólo encontró puertas que se cerraban. Finalmente fue en Francia y Suiza dónde se interesaron por su historia. A día de hoy estos documentos están guardados en una caja fuerte y están a disposición de cualquier historiador que quiera examinarlos. En cuanto a la idea de devolverlos a RENFE ni se le pasa por la cabeza: Los dejaron abandonados. Ni sabían de su existencia. Fue una suerte que los encontrara alguien con un poco de sensibilidad por la historia y sacase a la luz pruebas que confirman el paso de toneladas de oro por Canfranc.

A raíz de la publicación de los documentos encontrados por Díaz, RENFE envió a dos vigilantes a custodiar el muelle postal donde, días más tarde, una brigada de funcionarios de Patrimonio recogieron 24 sacas con documentación de los años 30, 40, 50 y 60. Como siempre, RENFE y sus retrasos, llegó 40 años tarde.

 

El abandono de la estación de Canfranc.

 

En el año 2002 el Gobierno de España declara la Estación Internacional de Canfranc como Monumento Nacional. Varios proyectos están planificados para que la estación recupere su esplendor de antaño. Entre ellos está la reapertura del tráfico ferroviario y la de conservar y restaurar la estación y sus edificios circundantes. El proyecto prevé que la estación albergue un hotel, restaurantes, viviendas, un albergue de peregrinos y hasta un museo del ferrocarril. Mientras esperamos que esto se haga realidad algún día, actualmente se pueden hacer visitas guiadas a lo que es la entrada de la estación y a uno de sus andenes.

 

Restauración del hall de entrada de la estación de Canfranc. Julio E. Foster©

 


Albert Solé Jerez