El misterio del Mary Celeste

 

Nuestra historia empieza el 15 de octubre de 1867 cuando Alexander McBean adquiere por abandono de su propietario los restos de un bergantín que había naufragado a causa de una tormenta. La nave, de nombre Amazon, ya tenía fama de maldita pues en su viaje inaugural, en 1861, saliendo de Nueva Escocia con un cargamento de madera con destino a Londres su capitán y copropietario Robert McLelland cayó enfermo y tuvieron que dar media vuelta. McLelland murió días más tarde. John Nutting Parker tomó el relevo en la capitanía y colisionó contra un pesquero en el estrecho de Eastport, en Maine. Esta vez la carga llegó a Londres en perfecto estado. En el siguiente viaje, Parker, estrelló el velero contra otra embarcación que acabó hundiéndose en mitad del Canal de la Mancha.

Los propietarios, poco propensos a creer en barcos malditos decidieron que las desventuras del Amazon eran fruto de la falta de pericia de su capitán, y éste fue sustituido por William Thompson quien se mantuvo al mando hasta el desastre de 1867.

 

 

Los restos del Amazon fueron cambiando de manos hasta que, finalmente, en 1868 lo adquirió un marinero de Nueva York, Richard W. Haines. Pagó por el barco naufragado 1750 dólares e invirtió otros 8825 en la restauración. Lo registró como embarcación estadounidense bajo el nombre de Mary Celeste y se convirtió en su capitán. Semejante desembolso de dinero no resultó un buen negocio y el velero fue embargado en 1869 por los acreedores de Haines, quienes lo vendieron a un consorcio de Nueva York encabezado por James H. Winchester.

En 1872 el barco sufrió una nueva remodelación, esta vez en mayor profundidad y se invirtieron 10.000 dólares. En ese momento el consorcio propietario del Mary Celeste estaba formado por Winchester, con seis doceavos de la propiedad, dos inversores menores que poseían una doceava parte cada uno de ellos y Benjamin Spooner Briggs, que poseía los cuatro doceavos restantes.

La mañana del 5 de noviembre de 1872, Briggs, como nuevo capitán del Mary Celeste, decide hacerse a la mar con el navío. La tripulación la forman el propio capitán, su mujer y su hija (en aquella época aún existía la superstición de que las mujeres a bordo atraían la mala suerte), los oficiales Albert Richardson y Andrew Gilling, el sobrecargo Edward Head y los marineros Arian Martens, Gottliebb Goodschaad y los hermanos Volkkert y Bob Lorenzen. Diez personas en total. Abandonan el puerto de Nueva York con un cargamento de 1701 barriles de alcohol desnaturalizado tóxico con destino a Génova, Italia. Ante la incerteza meteorológica, el capitán decide anclar fuera de Staten Island para reemprender el viaje más tarde, el 7 de noviembre.

 

 

Mientras el Mary Celeste se hacía a la mar desde Nueva York, en la cercana ciudad de Hoboken, Nueva Jersey, el navío canadiense Dei Gratia esperaba ser cargado de petróleo para llevarlo, también a Génova. La ruta de los dos navíos era la misma, con destino a Italia vía estrecho de Gibraltar. Ocho días después de la partida del Mary Celeste, el Dei Gratia zarpó capitaneado por David Reed Morehouse y con Oliver Deveau como primer oficial.

En 1883 el Los Ángeles Times relató que el 5 de diciembre de 1872 el vigía del Dei Gratia dio el aviso de que un navío se dirigía hacia ellos con rumbo errático y con las velas extendidas. A medida que se acercaba se dieron cuenta de que se trataba del Mary Celeste y al observar la cubierta detenidamente con ayuda de unos prismáticos vieron que no había nadie en ella. El capitán Morehouse mandó a Deveau y otros dos marineros en un bote para que alcanzaran el Mary Celeste e informaran. Al subir a la embarcación el panorama que se encontraron fue desconcertante: no quedaba nadie en el navío, era como si la tripulación entera se hubiera evaporado. Encontraron intactas las pertenencias de los tripulantes incluyendo ropa, joyas, agua, alimentos… En la bodega estaba toda la carga en perfecto estado. Echaron en falta un bote salvavidas, el sextante, el cronómetro y la bitácora. Se cuenta que en la cocina encontraron una olla con comida aún caliente y tres platos preparados en la mesa junto a tres tazas de té.  En el diario de navegación, la última entrada era del  24 de noviembre, 11 días antes, en la que sólo se indicaba que la meteorología había estado algo revuelta.

En 1884, un joven Arthur Conan Doyle publicó una obra corta en The Cornhill Magazine que ayudó a inmortalizar el misterio del Mary Celeste. Con el título de “J. Habakuk Jephson’s Statement” y rebautizando al velero como Marie Celeste, Doyle contó la fantástica historia poniendo más imaginación que hechos reales.

 

 

En 1913, The Strand Magazine publicó una entrevista a un supuesto superviviente donde se relataba que la tripulación fue pasto de los tiburones mientras participaban en un concurso de natación como divertimento.  En 1920, un escritor irlandés, Laurence J. Keating, presentaba un relato con un superviviente que contaba una historia de asesinatos, locura y connivencia con el Dei Gratia. La historia de Keating era tan rica en detalles que en 1926 el New York Herald Tribune publicó que la narración del irlandés era verídica. El Daily Express también publicó una historia narrada por un veterano de guerra de la marina, el capitán R. Lucy. En esa versión de la historia se dice que el Mary Celeste se encontró con un pequeño vapor a la deriva y que cuando lo abordaron encontraron un importante cargamento de oro. Repartieron el tesoro entre toda la tripulación y alcanzaron las costas españolas con el bote salvavidas abandonando los dos barcos. En esos momentos la tripulación entera del Mary Celeste se estaba pegando la gran vida en España.

De las versiones más lovecraftianas que narran el misterio del Mary Celeste está la que en 1904 publicó el Chamber’s Journal asegurando que toda la tripulación del velero había sido víctima de un pulpo o calamar gigante. El British Journal of Astrology también describió la historia del Mary Celeste como “una experiencia mística, conectada, mediante procesos de razonamiento más allá del poder de la comprensión humana ordinaria, con la gran pirámide de Gizeh, el continente perdido de la Atlántida i el israelismo británico”. (Nota: ¡nunca me habían llamado ordinario de forma tan fina! Estos ingleses…). Otros delirios descacharrantes hacen referencia al triángulo de las Bermudas o a abducciones extraterrestres.

 

 

Bueno, pero…  ¿Qué pasó en realidad con la tripulación del Mary Celeste? Volvemos atrás, al 5 de diciembre de 1872. Cuando Deveau consiguió subir al Mary Celeste desde el bote encontró la nave totalmente desierta. Las velas, desplegadas, estaban totalmente dañadas y con las sogas colgando libremente a lado y lado. La escotilla de la cubierta principal estaba cerrada y asegurada pero las escotillas de la proa y del lazareto estaban abiertas. Faltaba un bote salvavidas. La bitácora que sujetaba la brújula estaba movida de su lugar y tenía el cristal roto. Una de las bombas de achique había sido desplazada y desmontada. La bodega estaba inundada con 1 metro de altura de agua. En la cubierta encontraron una varilla de sondeo abandonada. La última entrada del cuaderno de bitácora estaba fechada a las 8:00 horas del 25 de noviembre, registrando la posición del Mary Celeste cerca de la isla de Santa María, en las Azores. Los interiores de la cabina estaban húmedos y desordenados a causa del agua que había entrado por las puertas y los tragaluces. En la cabina de Briggs encontraron sus pertenencias esparcidas pero ningún documento. El equipo de cocina estaba guardado y en orden y, por supuesto, no había comida preparada o en preparación. No había signos de violencia o fuego, todo indicaba que la nave se había abandonada en orden con el único bote que faltaba.

Finalmente el capitán del Dei Gratia dividió la tripulación en dos grupos, uno se quedaría en el propio barco y el otro navegaría con el Mary Celeste. Al cabo de unos días los dos navíos llegaron a Gibraltar donde quedaron a la espera a recibir la recompensa que la ley marítima ofrecía a la tripulación que rescatara un barco.

Sea como sea, el Mary Celeste siguió navegando durante una docena de años más. Finalmente en 2001 se encontraron sus restos en Haití y a pesar de todo, la desaparición de su tripulación seguía siendo un misterio.

Fue en el año 2002 cuando la documentalista Anne McGregor llevó a cabo una investigación que dio como resultado una hipótesis menos descabellada que ser atacado por piratas, motines por culpa del alcohol, intoxicaciones por vapores desprendidos en las bodegas, cocineros asesinos o krakens desbocados. McGregor se dio cuenta, examinando antiguos documentos, de que el navío había sido reformado. Esta habría propiciado que el polvo de carbón y los deshechos de la obra taponaran las tuberías de desagüe y explicaría por qué la tripulación desmontó una de las bombas de achique. McGregor concluye que el Mary Celeste se vio atrapado por una tormenta en medio del Atlántico y sin la posibilidad de achicar el agua que entraba en la nave, el capitán decidió llegar a tierra con el bote salvavidas. Lamentablemente la brújula del barco estaba estropeada y marcaba la posición con un error de 140 kilómetros. Así que la costa de las Azores se encontraba a muchísima más distancia de la que ellos creían. Toda la tripulación del Mary Celeste pereció en el mar sobe el bote salvavidas mientras, irónicamente, el navío que amenazaba con hundirse llegaba a Gibraltar sano y salvo.

 

 

Como última curiosidad destacar una noticia publicada en El Imparcial en mayo de 1873 que habla sobre el macabro descubrimiento que hicieron unos pescadores de Candás, Asturias. Mientras estos faenaban divisaron dos botes a la deriva, en uno de ellos había un hombre muerto  atado en un mástil coronado con la bandera norteamericana y en el otro, cinco cadáveres en avanzada descomposición. A pesar del tétrico cargamento de los botes, éstos fueron remolcados hasta el puerto de Gijón. Cabe decir que por aquellas fechas no se tenía constancia de ningún otro naufragio a parte de lo ocurrido al Mary Celeste.

La productora británica Hammer Film Productions filmó “The Mystery of the Mary Celeste” en 1935 con Bela Lugosi en el papel de un marino demente, incrementando así la leyenda y el misterio que gira en torno a este suceso. El film se distribuyó en Estados Unidos con el título de “Ghost ship”.


Albert Solé Jerez
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